jueves, 4 de febrero de 2010

En honor a Alber, alies Caturleta. Chechare Paveche

Para empezar, cito a Pavese: Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de vos mismo, pues no sólo has descargado lo que sabés de vos sino también lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con constante cautela, temblores, repentinos descubrimientos y fracasos, haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto, y advertir que todo aquello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto.
Hace unos meses escuché hablar al admirado José Pablo Feinmann acerca de los blogs. Con indudable razón y, acaso desmedida, severidad dijo, entre otras cosas, que cualquier pelotudo tiene un blog. (No tengo la menor intención de discutirle –impertinencia que estuvo de moda -, lo que dijo es cierto; y si quisiera refutarlo, mi mocoso pensamiento crítico y mi mala prosa harían de esas líneas una verificación de sus sentencias). Las declaraciones de Feinmann me llevaron, naturalmente, a preguntarme para qué tengo un blog. Bien, repito las maravillosas palabras de Pavese: y advertir que todo aquello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano.
Sabato usaba una alegoría muy eficaz. Decía que escribir era erigir estatuas en medio de un chiquero, que estamos solos y desesperados y sin saber muy bien por qué nos esforzamos tanto. Pero un día, decía, si tenemos suerte, vemos que a lo lejos, otro hombre triste y solitario nos hace señas. Esas señas quieren decir: no estás solo, hermano, te entiendo. ¡Vaya alegría la del comprendido! Es la gran recompensa del arte. Y es demasiado infrecuente.
Yo estoy entreverándome desde hace años con endecasílabos indecentes y páginas mal construidas, para que alguna vez me llegue una señal desde lejos… y aunque nos separasen abismos, sentiría la cercanía fraternal.
Confecciones Oníricas tiene dos años y medio, durante los cuales me llegaron –aunque pocas, fortísimas –señales como ésas. No vinieron de amigos cercanos (la lejanía tiene mucho que ver en esto), sino de absolutos desconocidos, de hermosos seres que sufren una desdicha similar, o idéntica, y buscan una similar, o idéntica, gratificación.
Empecé a escribir en este espacio porque sentía lo que Pavese. Buscar la comprensión de nuestras almas en los demás, es buscar cariño. Se han dicho muchas estupideces en contra de aquellos que buscan cariño, pero quien quiere generar ese sentimiento en los demás, intenta hacerse mejor. Constantemente.
Estas líneas las escribe un escritor novel, que apenas ha tenido la suerte de ser repetido en algunos espacios similares. Que no tiene otro lugar que este chiquero para levantar sus mediocres, esperanzadas, perplejas, solitarias y triviales estatuas.

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